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534 feliz que dos dias ha oias las dulces palabras de tu ‘Hijo y te extasiabas en ellas? ,Eres Tu aquella mujer aclamada entrela muchedumbre por Bienaventurada? ,Cémo ha desaparecido una dicha tan grande? ¢Cémo has quedado ian sola, Tu que eras la populosa ciudad de Sion? Quomo- do sedet sola civitas, etc.? ‘ _; Ah! La soledad de Maria en la muerte de Jesus no es un objeto mensurable con el calculo, sino con la fé; es un desamparo cual no ha habido ni pudiera haber ignhe - enel mundo, y con el cual no guarda término de com- paracion ninguno de esos azares inventados por la ima- ginacion para excitar en ocasiones toda la sensibilidad de los hombres. Voy a procurar poner 4 vuestra vista esta extremada soledad, 6 digamos esta desgracia casi infini- ta, pues no podia ésta ser menor en Maria despues de haber perdido ésta 4 su Hijo, objeto infinito de toda su felicidad. Para hacerlo con acierto, arrojémonos con hu- mildad ante el sagrado madero, que ha sido el trono del Dios paciente, y causado al mismo tiempo nuestra dicha y el desamparo de Maria. O Cruz! Ave, spes unica, ete. PARTE UNICA. Hay desgracias en el mundo cuyo enorme peso no es conocido sino por la propia experiencia. En vano el aca— lorado poeta se traslada 4 un panteon, y, con sus miradas. - fijas en los sarcéfagos, querra impresionar fuertemente — su espiritu con la presencia de aquellos objetos lugubres, Para hacer despues una descripcion patética del silencio del sepulcro, del pavor de la muerte y el horror de la soledad, si entre Jas tumbas que le rodean no hay una cuyos despojos fueran animados por un sér con quien tuviera simpatias de amor y de sangre, jamas llegara 4 apreciar dignamente lo que es la soledad y el desamparo eae
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