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\ otros la malignidad y la ingratitud, como afirma el su- blime Agustin. (Confes., lib. 1, cap. iv.) Si Dios no ejerciese su justicia en los hombres, azo- tandolos de continuo, no los amaria perfectamente: creer que el amor racional no ha de tener sino dulzura y sua- -vidad, es un error. Un legislador sabio , un padre amo- _ roso, no tienen celo ni amor 4 sus stibditos é hijos cuando miran con indiferencia el desprecio de sus leyes, la infraccion de sus mandatos; esto no seria amor, dice el ya citado Padre, sino apatia y languidez; el amor ver- dadero toma tambien en su mano el cuchillo para cor- tar y el latigo para herir. Dios, que es el legislador y Padre de la humanidad, cual médico sabio, corta las partes podridas del cuerpo social, aunque los otros miembros se quejen, y ejerce castigos temibles en su fa- milia, para que los demas aprendan. No teniendo Dios pasion alguna, no ahorreciendo A los hombres, y habién- dolos criado para que fuesen felices en la tierra desu peregrinacion y en el cielo, los castigos que nos envia no son mas que medidas coercitivas, remedios saluda- bles, avisos elocuentes, que no tienen otro origen que su amor al hombre. i ae; No teniendo, pues, las aiichiqune publicas de la huma- nidad por causa el fatalismo; no siendo Dios autor de mal alguno, gquién sera la causa de estos azotes? Facil- mente nos lo manifestara un ejemplo: contemplad la po- sicion ventajosa de un gran pueblo bajo el suave dominio de un principe pacifico, amante del bienestar de sus _-vasallos, y administrador justo; él por su parte tiene un derecho sagrado é imprescriptible 4 la corona; reparte beneficios sin cuento, no aceptando personas, y exten=- diendo su mano paternal y cariiiosa al enaltecido privado como al humilde zagal; el pueblo todo depende de su modadas 4 nuestra capacidad nos revelan la santidad, la. justicia é inmutabilidad desu esencia, recayendo en nos- p ilies D3 Siig ln i aa " ic Gen Mieriaetiiieneiiiie cual
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