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eee 400 a ser el objeto de mi discurso. Antes de empezar, os suplico que, postrados humil- demente ante la Majestad Suprema, la pidais el amor de la virtud, para que nuestros corazones reciban con fruto las inspiraciones de la gracia, poniendo en nuestras sti- plicas por medianera 4 la mas pura de las criaturas. 4 | os Ave Mania. PARTE UNICA. Apénas puede uno tomar en sus manos la historia de la humanidad sin quedar consternado; se le hiela 4 uno la _ sangre al ver que todos los siglos no son sino una suce- sion de tiempos calamitosos, en que la naturaleza racio- nal gime ; en una parte se levantan tiranos, cuya espada es el cédigo dela sociedad, cuyos caprichos son la’ ley a que és preciso someterse, so pena de sucumbir bajo el filo arbitrario ; en otra, un pueblo acomete 4 otro, lo do- mina, lo esclaviza y lo destruye, formando montones de ruinas indistintamente con nifios y ancianos, con reyes y vasallos, con altares y sacerdotes ; aqui se esteriliza la tierra, se agotan los alimentos, y desaparecen con el hambre los hombres més robustos; alli la peste , cual genio maléfico y destructor, esgrime su espada formida- ble, invade los reinos, las provincias y ciudades, entra en el seno de las familias, disuelve los himeneos, aniquila 4 padres y 4 hijos, 4 viejos y 4 inocentes, sin detenerse en sus estragos; antes al contrario, despues de haber sembrado el terror en una ciudad, vuela a otra, diezmando los hijos de los hombres; en otra parte no vemos sino ter- remotos, huracanes, guerras civiles , fratricidios y rios de sangre. éQué orfgen tienen tantos desastres , en que - cuanto exige st sabiduria para sostenerlo. Este punto va

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