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re eae animal, sin que tuviese parte en nuestras acciones la Religion y la razon, se cumpliria literalmente el principio que quisiera establecer en el siglo pasado un fildsofo ci- nico, segun el cual, ni la madre debiera amar 4 su hijo sino en su lactancia, ni éste debiera conservar hacia ella amor y gratitud, sino que ambos podrian devorarse mi- tuamente. Horrible, repito, es esta idea, pues no la vere- mos jamas realizada aun entre los sanguinarios tigres. Sin embargo, este horrendo ideal se ve practicado entre hombres cuando, abusando de su libertad, no.guardan los preceptos divinos sobre la castidad y la continencia. Es- tad atentos 4 lo que voy a deciros. j Si yo os pregunto en este momento si habeis tenido un progenitor, todos me direis que si. Pero esta respues-_% ta, gacaso ha sido siempre y en todos los instantesde vuestra vida la consecuencia del discurso? 0s la sumi- nistra acaso el raciocinio, que nos demuestra que no hay efecto sin causa, hijo sin padre? No; es la consecuencia de lo que habeis visto y palpado: cada cudl tiene bien presentes aquellos dias felices de la infancia en que un padre tierno tenia todo su goce en abrazar a su hijo,4 pesar de las revoltosas pasiones, tenemos impresas siem- pre aquellas miradas severas que nos dirigieran cuando 4 medida que ibamos progresando en la carrera de la vi- da, manifestabamos.las perversas inclinaciones de nues- tra indole corrompida. Si nuestro padre trasmigré 4 la region de la eternidad en'el primer lustro de nuestra existencia, nos quedé una tierna madre, cuya voz, entre- cortada con sollozos, nos enseiiaba que alla en triste tum- ba yacia el autor de nuestros dias, y nos inspiraba res- peto y amor hacia aquellas cenizas venerables. En sus | continuas lecciones, mezcladas de dulzura y de rigor, aprendimos 4 tener sentimientos de honor y probidad. Enténces se nos inculeaba que el fundamento de todo _ bien era el temor de Dios; que debiamos 4 nuestros ma-

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