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en hito al Sol de justicia, y como aguerrido soldado que tuvo parte en los combates de su capitan en la tierra, le seguira en el dia del triunfo para adornar tambien sus _ sienes con el lauro de la inmortalidad en el. cielo. ; Qué prodigio, amados mios! ;Cémo! gEl cuerpo que comen los gusanos, ha de ser inmortal? Estas pupilas que son | devoradas por la podre de la tumba, han de ver 4 su Dios? Si, sefiores, si. Esta es la gran creencia de la hu- manidad; esta la f6 que sostenia al paciente Job en el triste muladar, cuando no habia otra diferencia entre este y su cuerpo que la de estar este animado y aquel no. «Yo sé, dice, que mi Redentor vive, y que lo he de ver con mis propios ojos, y esta esperanza hara que mi cuer- po exanime tenga una especie de vida en el sepulcro.» Pero reflexionemos mas profundamente en este asun- to, sefiores: Atin no se ha descubierto toda la impor- tancia de la salyacion de nuestros cuerpos. El triunfo que Jesucristo consiguid sobre la muerte para si y‘sus hermanos, iba acompaiiado de otra victoria mas com- plicada y dificil. Habia vencido 4 la primera muerte, y para conseguir la completa derrota de ésta, no nece- sitaba mas que ofrecer su cuerpo en Hostia de propi- ciacion. Era este triunfo bien penoso, pues tenfa que mo- riren él el decreto de muerte que fulminara Dios al prin- cipio. Sin embargo,’ Jesucristo lo aleanzé en toda su ple- nitud. Mas existia la segunda muerte, sobre la;cual el Redentor no podia obtener triunfos completos y univer- sales. 40s admirais de mi proposicion? Leed al Profeta - QOseas, y en él encontrareis las dos muertes, de las que una sera completamente destruida, y otra no lo sera del todo, pero sufrira una gran derrota. La primera es lla- mada muerte, la segunda infierno, y 4 una’y a otro dice Dios estas palabras: «j{Oh muerte! Yo seré tu muerte. jOh infierno! Yo seré tu mordedura.» O mors! Ero mors tua. Morsus tuus ero inferne! Leed tambien al extatico de Path- a

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