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- = cilio general segundo de Leon de Francia, en la carta wee diri- gia al emperador Miguel Paledlogo. La Iglesia se ha presentado siempre con la nobleza y fran- queza propias de su origen, con la serenidad y sinceridad anejas 4 su majestad, con la constancia y lealtad que acompa- fian a la verdad, y con la apacible alegria que la dan las pala- bras del que la prometié para siempre la victoria. Ahora, pues, para demostrar su divinidad a los enemigos, y para convencerlos de que no han de conseguir jamas lo que pretenden contra ella, la Iglesia catélica no necesita mas que decirles que examinen con animo sincero lo que es su ge- rarquia, el principio de ella, y lo que Jesucristo dijo en el momento en que publicéd con sus propios labios quién era el ' primer gerarca de su Iglesia, y cuales eran sus prerogalivas. Fué Pedro el designado por Cristo para tener esta altisima dig- nidad: el mismo a quien llamé Pedro 6 piedra, y a quien dijo, sobre esta piedra yo edificaré mi Iglesia y las puertas del infer- nono prevaleceran contra ella. Aqui no hay motivo para du- dar: la piedra contra la cual no prevalecera jamas el infierno, es el Apdstol San Pedro, quien, dice San Gregorio Niseno ¢, conforme 4 la prerogativa é él concedida por Dios, es la pie- dra firme y solidisima sobre la cual edificd el Salvador su Igle- sia. En Pedro residiria el principio de autoridad , !a fuente de la jurisdiccion, la plenitud de la potestad, el poder supremo de su Iglesia, pues todo esto encierran las palabras de Cristo. Y {no podrémos examinar cuales fueron las razones que tuvo Jesucristo para decir esa sentencia? Jesucristo es Dios: y j qué! Cuando Dios habla ; no estan fundadas en su razon eterna, in- ‘mutable é infalible las palabras que pronuncia? Cuando anun- cia el porvenir, y asegura que dependiendo la permanencia de la verdad, de la justicia y de la rectilud en el bien obrar, no ' Laudatio alter. 8. Stephan. Prothom. apud Galland. VI.
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