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~ = cio de mil trecientos treinta afios, se cuentan muy pocos re- yes que no hayan muerto en su lecho, 6 enel’¢ampo te bata- lla, siendo ia mayor parte de ellos lorados por’ sus siibiditos. Entre tanto, y por efecto de las doctrinas de la soberania po- pular , desde el treinta de Julio de mil ochocientos treinta hasta — mil ochocientes sesenta, han sido arrojados de sus tronos diez reyes, habiéndoles seguido al poco dos mas , debiéndose notar, que de to:los ellos solo uno volvié a ocupar su trono. No acabariamos nunca, si continuasemos analizando esla gran mentira.de la soberania popular; pero-cerramos este pun- to, para entrelenernos en el examen de otro que, si bien abun- da en tantas falsedades como el actual con respecto a doctrina, tiene una realidad y es la de la consumacion de un robo crimi- nalisimo, ejeculade ya casi en todas partes; y ademas liene la mas perniciosa de las realidades, cual es la de haber dado una sancion legal y solemnea todo género de injuslicias , como va- mos a verlo. 2. Il. Apoledsis de la iniquidad por la politica moderna. Nadie puede ignorar ya que Ja revolucion iniciada por Lu- lero y Calvino, arrullada por el jansenismo , vigorizada por los filésofos de Francia, y Hevaila 4 cabo por sus discipulos Mira- beau, Marat, Danton y demas republicanos , era religiosa y so- cial. Pero, por poco que se medite, se echa de ver {ue los aulo- res, fautores y ejecutores de la revolucion, no han*tenido en mira destruir la sociedad , sino la religion de Jesucristo. Porque, despues de todo, hemos visto que todos Jos ataqnes de los revo-_ lucionarios de los tres tllimos siglos se han dirigido contra la Iglesia, y mas especialmente contra su cabeza visible y los de- mas pastores. Para conseguir su objeto, los revolucionarios han
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