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Año 1787 169 Gracias á Dios qué puedo poner á V. ésta aun- que con la desconfianza de si alcanzará el correo de hoy que debe salir á las siete de la noche y han dado las seis cuando la empiezo, porque acabo de predicar el primer sermón de la santa misión en la 'atedral. Después que escribí á V. desde Barcelona (1) ocurrió que obligado de las eficacísimas instancias de todas aquellas gentes, el Sr General, la Audien- cia, la Ciudad, la Nobleza, el Cabildo y el Pueblo con el Ilustrísimo, en términos que, me atemoriza- ron con un tumulto si por lo menos no Jés predica- Ja Un sermón, me resolví á predicarles cuatro días, pero en el primero que fué el uno de éste, fué tan desmedido el concurso que, computándose habría en la plaza que llaman de Palacio más de cincuenta mil personas, se vió era reducido para los auditorios que se esperaban. (2) Esto ocasionó mucho bullicio, de modo que, ya por esto, ya por lo muy reducido del sitio, ya por lo débil de mi voz 6 por todo junto, me despedí al fin de la plática para no volver á (1) Ignoramos el paradero de la carta á que alude; sin duda se perdió sin llegar á manos del P. Alcover, porque no hace mención de ella en parte alguna ni él ni los otros bió- grafos del Beato; y es gran lástima, porque nos priva de sa- ber lo ocurrido al famoso misionero desde Alcañiz á Barce. lona. (2) No exageró el Sr. Menendez Pelayo cuando dijo en el libro tercer: de los Heterodoxos Espuñoles página 352 de la primera edición, hablando de] Beato Diego: «Para juzgar de los portentosos frutos de aquella elocuencia, que fueron tales como no los vió nunca el Agora de Atenas, ni el foro de Roma ni el Parlamento inglés; basta acudir á la memoria y á la tradición de los ancian 8. Kllos nos dirán que á la voz de Fr. Diego de Cádiz i quien atribuían hasta el dón de lenguas) se henchían los e nfesonarios, soltaba ó devolvía el bandido su presa, rompía el adúltero los lazos de la carne, 92
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