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162 CARTAS DEL Bearo DIEGO de comer carne algunos días, me haya vigorizado un poco, y seguido el tesón de predicar todos los días poo mañana y tarde con ds stante esfuerzo y robus- tez: va hace dos semanas que observo la abstinen- cia ayunando algunos pocos días que me permite el señor Arzobispo, sin trabajo ó molestia alguna. ien que la cabeza la advierto continuamente des- vanecida y que no faltan algunas otras cosillas de no mucha consideración. Pero á Dios gracias, me desentiendo de ellas y no me estorban para las fae- nas del santo ministerio. Los frutos de esta parecen muy considerables: en todos, desde el mayor hasta el menor, sabios y nó sabios. eclesiásticos y seculares, se nota una como ad- miración ó alegre suspensión al modo del que mir: una cosa maravillosa y rara que los tiene dulcemente embelesados y como fuera de sí; los efectos de ello me aseguran son buenos y á su consecuencia muy copiosos. El día cuatro de este concluí ocho días de ejercicios á los eclesiásticos en los que prediqué por mañana y tarde. En ellos hablé con toda la claridad posible sobre las doctrinas del siglo y habiendo yis- to unos cuadernos de ciertas conclusiones que de- fendió aquí en castellano un Sr. abogado (1) en la sociedad putriótica en que se contienen varias pro- posiciones muy fatales; las saqué al público, me quejé en nombre de Dios á sus ministros y las de- laté públicamente al Santo Tribunal, cuyos señores estaban presentes en lugar separado y manifiesto. De aquí resultó que, no sólo el clero sino toda la j Era este D. Lorenzo Normante de triste memoria ca- tedrático de la la Sociedad Económica, hombre audaz, volte- riano empedernido de lo peorcito le aquellos tiempos. Bus cando popularidad, so pretexto de bien, lanzó ez cátedra proposiciones tan erróneas y funestas como las que verá el lector en la página siguiente de esta misma carta,

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