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43 que el cielo no existe, ni Dios; vosotros mismos, patronos, no creéis en Dios, u obrais como si no hubiera, ni Dios, ni cielo; todo lo ha- beis reducido a oro y fango; pues bien, dadme la parte de ese oro y de ese fango que me corresponde. Claro que, si en la cuestién social hay causas econdémicas y mo- rales, no pueden resolverse con medidas econdémicas solamente, han de resolverse con medidas también morales y religiosas. Dupliquese —dice Leén XIll en su Enciclica «Graves de communi>—el salario del trabajador, redtizcanse las horas de trabajo, proporciénense al obrero todas las comodidades que quiera, con todo eso, si el obrero conti- nia oyendo doctrinas y presenciando ejemplos que le llevan a rene- . gar de Dios, todos esus adelantos vendran a pararen miserable ruina. Y el P. Zugasti dice: que todas esas cosas que se hacen en favor del obrero, si no inoculamos en su corazon el espiritu religioso, no ha- bran sido mas que para regalar al leén que nos ha de despedazar con sus garras. Pero, acaso ¢es un mal este que se puede evitar con tri- sagios y novenas, rogando a Dios, suspirando a Dios? No; esto seria caer en el extremo opuesto. Dios quiere resolverlo; pero quiere ha- cerlo valiéndose de nosotros y nosotros hemos de ir a la sociedad con un triple remedio, econédmico, moral y religioso. Y el remedio, el especifico, es el que un Prelado resumié en la formula Justicia y Caridad, y nosotros podemos compendiar en una so- la palabra: <Franciscanismo.» Justicia, primero, porque si uno no da a otro lo suyo, lo que le corresponde, ¢cémo va a dar lo que es pro- pio de él? Si uno no cumple con lo que es de justicia ¢cémo se le van a pedir obras de supererogacién? Primero, justicia. Se ha creido por muchos que las concesiones a los obreros son siempre de limosna, que gratuitamente se les otorgan, sin que se les tengan que otorgar; y hay que confesar en catdlico que muchas veces son de justicia. En el Congreso Franciscano de Paray-le-Monnial, el afio 1908, se leen estas conclusiones: que es menester pensar como buen Franciscano, que no es la limosna el remedio tnico para las miserias de los traba- jadores; que las leyes votadas hasta ahora, lejos de ser concesiones gratuitas que se les hacen, son tn timido ensayo de restauracién de la justicia en el mundo del trabajo. Primero, si, justicia, pero luego, para mejorar las obras de justicia y que esta justicia se pliegue al con- torno del cuerpo social, es necesaria la caridad; caridad que no es li- mosna, Caridad que es amor al projimo, amarle por amor de Dios, Ya antes de su conversién, o mejor dicho, porque realmente no es conversion, antes de que San Francisco comenzara aquella suadmi-
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