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~ <i tos, obesos, y de buenos colores, miéntras que los indios, que no comen sino vegetales , yno comerian carne de nin- gun animal aunque los mataran, son delgados, macilentos, y de poca fuerza. Seguramente, que diez hombres de estos — tiltimos no hacen lo que cuatro europeos respectivamen- te: y esto'se ve en cualquiera maniobra de 4 bordo , pues doce 6 mds marineros van 4 tirar de las vergas para reco- ger6 alargar una vela, cuando si fuera a Deo, basta rian cinco 6 seis.— Un espectdculo verdaderamente diesen ‘que se contempla entre los persas , es lo que pasa en los cemente- rios que tienen; dos hay en Bombay , cuyo exdémen apénas puede hacerse sin que se le conmueva 4 uno el corazon, y se apodere del alma un fuerte estremecimiento: allf no puede uno ménos de horrorizarse del envilecimiento 4 que llegan - los hombres, |destituidos de las luces de la verdadera fe.. Hay en estos cementerios dos 6 més torreones bajos en for- ma de reductos, y se ve tambien una especie de templo ti oratorio , lo que no es posible describir con toda exactitud, pues no dejan los persas pasar adelante 4 one no sea de su nacion. . Pero el horror empieza, cuando uno se fija en los ha- bitantes que rodean los muros y torreones del cementerio, y las copas-de las palmeras que hay en derredor. ‘Son estos torreones, como queda dicho, una especie de reductos enteramente redondos , y tondrin unas cuatro 6 cinco varas de alto y sobre | diez de didmetro; stibese 4 ellos por una escalera interior, que’ va d salir al plano superior del reducto: en él centro de él hay un agugero grande en forma cuadrilonga , de unos ocho piés de largo, atravesa- do con una especie de parrilla de hierro, en la cual los persas colocan el cuerpo del difunto, desnuddindolo com- pletamente. Apénas lo han colocado, cierran la puerta, y se retiran todos bajando al plano, excepto algunos dos 6 tres, que se quedan a observar desde una ventana, hecha al efecto, por dénde empieza la destruccion del cadaver,

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