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— 195 — memorable: « Este esel momento, dice San Juan Eucaiten- se (1), en el cual se mueven los angeles, subiendo y bajan- © do sobre el Hijo del hombre (2), y tambien sobre la Madre que es hija de hombre; y se hablan unos 4 otros, diciéndo- se reciprocamente que se abran las puertas eternas; y no lo dicen ya como dntes, dudando y preguntandose: g quién es este Rey de la gloria (3)? Claramente se les manifesté quién era esta Virgen, pues al presentdrseles, comprendieron que, el que una vez habia bajado del cielo, era el mismo que su- bia de nuevo; y enténces, llenos de estupor, preguntan lo que estaba escrito ya: gQuién es esta, que sube como la — aurora que se leranta, hermosa como la luna, escogida como el sol (4)%» Mas adelante diremos algo ind sobre esto: ahora tene- mos que detenernos en el exdmen de esta fe de los Padres sobre la asuncion de la Virgen en cuerpo y alma, cuya consideracion los movia 4 decir sobre ella cosas tan admi- rables. «Ni en la tierra, dice San Bernardo (5), hay lugar mas digno que el templo virginal , en que Maria recibié al Hijo de Dios, ni en el cielo hay otro mds noble que el trono real, en que colocé4 Marfa su propio Hijo.» Dicho esto, pasa este Santo Padre4 describir el modo de la entrada de la Virgen en el cielo, de su llegada al sélio que la estaba preparado, del abrazo que la did su Hijo, y dela recompen- sa debida 4 cuanto ella hizo por El en la tierra, y dice asf: « Y 4quién tiene capacidad para contar la gloria con que, en este diade la Asuncion, entré la Virgen en el cielo; el afecto devoto con que le salié al encuentro toda la muchedumbre de las legiones celestiales; con qué cénticos fué llevada al trono de gloria; con qué rostro tan placido, con qué aspec- to tan sereno, con qué abrazos divinos fué aeetet ag su a De ied Dormition, Serm.a XXX, (2) Joan. cap. I. v. 54, (3) Psalm. XXIII. v. 8. (4) Canti. cap. VI. v. 9. (5) Serm. 1 de Assumpt.

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