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— 161 — . Los hombres no se quieren persuadir, de que 4 las cosas de Dios no se las puede tocar, pues dael mismo resultado de er ee intencionada el tocarlas por un extremo 6 por otro. Pudiéramos demostrar esto con ejemplos sin niimero; pero siquiera aduciremos uno, que todos vemos y palpamos, en una materia que se llama profana , pero que tiene mu- cho de sagrada. Lo.m4s elevado que conocemos en el 6r- den civil, es la autoridad del monarca: vino _la revolu- cion atea del afio ochenta y nueve del siglo pasado, y dije- ron los revolucionarios, que era necesario que el pueblo re- presentado tomase parte en las deliberaciones del rey, pero sentando por principio, que este era inviolable y sagrado en su persona: asf se engaiié al pueblo, y se quiso engafar 4 los reyes. Y gen qué han venido 4 parar estos? En ser unos entes dominados. por las pasiones violentas de los parti- dos, unos monarcas sin autoridad, unos hombres que rei- nan imaginariamente , sin tener. derecho 4 mandar, y por fin , unos reyes sin mas ocupacion, que la de cazar, diver- tirse y disiparse : unos instrumentos de ambiciones agenas _yde las ‘desgracias més _ignominiosas -para las naciones. Pero de esto casi es mejor no hablar , porque hay cosas _ queno deben decirse, siquiera porque al referirlas suben los colores al rostro, como le vienen 4 una jéyen recatada, cuando oye una palabra, de impudor. Pero este envileci- miento de la majestad, es un argumento que demuestra lo que hemos dicho en punto 4 destruccion de las cosas. Los paganos echaron 4 Dios de la sociedad, empezando por Dios mismo, de quien decian , que andaba escondido entre las nubes, sin pensar en nuestras cosas (4): los protestan- tes lo han eliminado , tomando un camino inverso: princi- piaron por alejar 4 la Madre, de Cristo, y despues, han eli- minado 4 Cristo , y por fin, han dicho 4 Dios que no nece- sitan su auxilio para nada, ni natural, ni sobrenatural. (4). Job. cap. XXII. v. 14,
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