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80 nen valor alguno en las naciones, hasta que no las ad- mita la potestad civil y el pueblo las acepte; y por fin, que la Iglesia no tiene mas derecho de ensefiar, que el que la den los gobiernos, — A tan deplorable extremo ha legado !a enferme- dad delas inteligencias. Confusion semejante en ideas sobre el origen de la autoridad no se ha visto jamais, . hi tinieblas tan densas como estas habian intentado envolver al mundo-en un manto de errores mas anti- sociales, desde que Jesucristo disipd con su celestial doctrina los antiguos; y de seguro, la sociedad no se ha enredado en este laberinto de teorias destructoras de su bienestar temporal y que tienden 4 sebrepe: nerse 4 Dios, ya alejarlo del consorcio humano, sino por efecto de haber acariciado los reyes 4 los herejes, cismiaticos y filésofos impios, que han atacado suce- sivamente el magisterio del romano Pontifice, y ha- berse servido muchos de ellos de esas mismas doctri- nas, para hacer la guerra, unas veces oculta, otras paladina, al que Dios les did por padre, moderador y maestro. Y jqué ha resultado de esa proteccion dis- © pensada 4 las malas doctrinas? Apénas puede contes- tarse 4 esta pregunta sin derramar lagrimas: se ha desenvuelto, y ha tomado ya proporcion gigantesca esa llamada civilizacion moderna, aniquiladora de la moralidad, destructora dela fe, empobrecedora de los entendimientos, sepulcro de las ciencias, sembra- dora de un oscurantismo deplorable, materializadora’ de las ideas que subliman al hombre, y verdugo de la sociedad. ‘Pero Dios en su saiambinidbi esta siempre velan- do por los hombres; y cuando el mundo, que se ape- llida ilustrado en las tinieblas de la mentira, llegaba
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