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78 Poco hay que discurrir, para échar de ver el ata- que terrible que se daba con esto al principio de au- toridad, que el soberano Pontifice ejerce en la tierra por delegacion especial de Dios mismo. Era esto el primer disparo, por decirlo asi, de una guerra que el poder secular, llimese como se llamare, cesireo 6 régio, declaraba al espiritual, revistiéndolo de formas desconocidas en épocas anteriores. Desde luego, la _autoridad del Vicario de Cristo venia 4 ser una cosa indefinida, y quedaba involucrada entre mil ideas confusas, y amarrada entre tantos grillos, cuantos fuesen los obsticulos que quisiese poner el poder ci- vil 4 la ejecucion de sus mandatos. Aun en la hipé- tesis de que las doctrinas errdneas de que se han ser- vido las potestades mundanas para avasallar al Vica- rio de Cristo, no hubiesen sido sino un objeto de dis- cusion académica, en el solo hecho de permitirse la va del poder secular, al cual nunca se sometid en ese punto el Clero galicano; porque diremos de paso, que el ministro Colbert tuvo que dar diez y siete decretos, todos de coaccion, para que las facultades de teologia archivasen las doctrinas que jamas habia profesado la Iglesia de Francia; amenazé con destierros d los catedriticos si no las admitian, y negé el salario & los que se negarona ello, ni mds ni ménos que sucede hoy en otros paises al Clero que no quiere jurar una Constitucion atea; y que ademis, los treinta y cuatro Obispos reunidos en asamblea por Real drden, no representaban al Clero, y aunque hubiera sido asi, despues se 1etractaron de sus opiniones erréneas, por haber sido condenadas las actas de su asamblea por Inocencio XI y Alejandro VIII. No po- diamos continuar escribiendo sobre la materia de este cap{- tulo, sin esclareeer este punto, y pagar el tributo de justicia al glorioso Clero de Francia.

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