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76 y llevados 4 cabo en el seno mismo de la sociedad ea- télica, por hombres que se creian sin el honor de la magestad, si despues de una arenga dirigida 4 una asamblea de sibios, no salia de sus labios una sono- ra protestacion de su acendrada devocion al Vicario de Cristo, y de sincero y bien razonado eatolicismo. Nosotros creemos, decian algunas de aquellas inteli- gencias, que el Vicario de Cristo es el maestro de la ; pero no por eso tiene el derecho de definir ‘euil es el sentido que tienen nuestras doctrinas en si mismas, sino segun nuestra mente: concedemos que puede él ensefiar en materias de fe y de doctrina; pe- ro si impone obligacion de creer sus resoluciones, nos basta un silencio respetuoso, no obligindonos la sumision interna de nuestro entendimiento: conser- ve él sus fueros de magisterio, pero no quite al doc- tor y al maestro los derechos de su libre accion in- terna. Creemos, decian otros, que el Sumo Pontifice es el maestro supremo de la Iglesia; pero, habiéndose- le prometido 4 esta la asistencia del Espiritu Santo, y conferidose 4 todos los Apdéstoles el magisterio del mundo, preciso es que el Pontifice consulte 4 los su- cesores de estos, antes de ensehar ila congregacion -de fos fieles; y si no fo hiciere, si los swcesores de los Apéstoles no estan todos undnimes, 6 si no consien- ten en su doctrina, ticita 6 expresamente, no pode- mos concederle el don de la infalibilidad del magis- _ terio sobre todo el orbe catdlico. Pronto se apodera- ron de estas teorias, disolventes de la unidad del ma- gisterio universal de la Iglesia, los poderes suspica- ces del mundo, que, envueltos en manto de catolicis- mo, querian conservar oculta la tendencia de concen- trar en el respaldar de su trono la espada y el bacu-
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