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— CAPITULO V. LA GRAN PROTESTA. Cuando se tiene fe, y se sabe por ella que hay po- testades tenebrosas que no tienen mas ocupacion que atacar las obras de Dios, no sorprenden esas revolu- ~ ciones que sobrevienen contra la Iglesia. Es casi se- guro que tras de algun triunfo sehalado y brillante de esta sobre el error, viene en seguida una tormen- ta deshecha que parece que lo va 4 envolver todo en- tre sus iras. Los que ven ese desencadenamiento de los elementos contra el bajel en que va sentado el que lo guia, tienen el corazon oprimido, como suce- de 4 los que desde la ribera observan el aspecto furi- bundo de las olas del mar, encrespadas por récios aquilones, en cuya hirviente espuma cien veces pa- rece sumergirse la ligera barquilla que voga por entre profundas hondonadas de agua, arrancando i todos un jay! siniestroy un grito undnime: perecid, dicen todos: y entre tanto, el barquero, que tie- ne una bréjula segura y un alma Nena de fe, no ha- ce mds que ir oponiendo la aguda proa a cada ola, cuando esta va 4 romperse, y sube por entre sus cres- tas espumosas, y baja al través de espantosas barran-. adas, hasta que cesan los bramidos del vendabal, las olas se allanan, y empieza a vogar con ligereza hasta llegar al puerto donde es recibido con lagrimas de gozo. Asi marcha la nave de la Iglesia, y asi marcha- ra hasta el fin. El piloto que la guia, es aquel Pescador, que vi-

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