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44 nidad del romano Pontilice, por la cual es el mis ele- vado de los principes de la tierra; ese magisterio uni- versal sobre pueblos y reyes, y esa potestad de atar y desatar, han sido siempre la horrible pesadilla que ha tarbado el sueho del monarea altivo y del hereje, y la espada pendiente sobre las cabezas de aquellos _ que, ejerciendo poder en la tierra; se erigea en es- tatuas como Ja del campo de Dura, y pretenden que todos doblen su rodilla, y adoren el simulacro de la --yanidad y altaneria, (1) diciendo como Faraon: ;Quicn es Dios, para que yo oiga su voz? Yo no la conozco, ui quiero saber nada de él. (2) 4 Desde que. Nuestro Sehor Jesucr isto instituyd su Lugar-teniente en la tierra, se levantaron los fuci tes del mundo, uniéndose para destruir esa autoridad; y es preciso confesar, que el error de los herejes y cis- miticos, y la obcecacion de Jos potentados del mua- do han tenido un eriterio, muy certero segun cellos, para adoptar los medios oportunos, propios de, su logica diabdlica, 4 efecto de lograr destruir esta autoridad, En vano buscaremos en esas inteligencias, que se dan el renombre ridiculo de espiritus fuertes, ca, lo que ha sucedido en el gran cataclismo del diluvio, cu- yos furores empezaron enel drtico y bajaron hicia el antirti- co. Y lo mismo han hecho los bairbaros: su instinto los ha trai- do siempre de Norte 4 Sur, como se vé en los suevos, ala- nos, etc. Magnifica es, me contestd el eaballero, esa obser- vacion sobre los birbaros, y os confivso, que la aplico del mismo modo 4 Jas irrupciones actuales: @sta invasion por los piamonteses:de los Estados del Papa es para mi la ulti- ma que han hecho los barbaros. Aqui me callé yo, (1) Dan., cap. LIL, v. 4. (2) Exod., cap. V, v..2.
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