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43 puesto las manos en el que es el ungido del Sefior, y de quien Dios dice que hace sus veces entre los hom- bres, pues lo que él hace 6 deshace en la tierra, he- cho 6 deshecho queda en los cielos. (1) A mas de es- to, se ha hecho esa revolucion solidaria de todas las rebeliones que se han fraguado en tiempos pasados contra el Vieario de Cristo; y si se pone en la balan- za de una critica severa el modo cémo la ha Hevado 4 efecto, hay que retroceder mas de trece siglos para encontrar hombres y acontecimientos con qué com- pararla. (2) Porque sabido es, que esa altisima dig- an (1) Mat., cap. XVI, v. 49. fia (2) Séanos permitido, como por digresion, pero sin esta- blecer comparaciones, referir una conversacion de que fui- mos testigo y en la cual tomamos parte hace algunos ajos. Era a fines de Mayo de 1862, en ocasion de pasar desde An- cona a Imola en el ferro-carril. Llaméme la atencion el lenguaje de los empleados, que no comprendia, no obstante que entendia bien el italiano. Pregunté duno de los caballe= ros que iban en el mismo compartimento, qué lenguaje era aquél, y me contesté que era piamontés, aiadiendo que no ciria otro en Jos empleados, pues lo habian invadido todo, Para mi, le dije, es este el caso del Apdstol: ni ellos me en- tenderian & mi y seria para elles barbaro, ni yo los entien~ do di ellos, y son para mi barbaros. (I, Cor., cap XIV, v. 41.) Lo segundo si puede ser, me dijo el interlocutor, porque es- ta bajada de los piamonteses 4 las provincias meridionales parece una invasion de birbaros. Tanto no diré yo, le con- testé; pero si os diré, caballero, que el Baron de Humboldt en su Cosmos hace una observacion, y es, que las invasiones de Jos hdérbaros estan en armonia con los grandes cataclismos en el érden fisico: pues se nota, que todos los eabos del mun- do estan al Sur, como el de Comomi en la India, el de bue- na Esperanza en Africa, el de la tierra del fuego en Améri- 4

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