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37 4 ellos, lo despreciaba 4 él, y quien lo despreciaba a él, despreciaba al que lo habia enviado 4 él. (1) No puede darse mayor claridad para expresar el prinei- pio de autoridad que ha de haber en la Iglesia de Jesucristo; pues él ha recibido cuanta tiene de su Pa- dre, y los Apéstoles !a reciben de él; y por consiguien- te, los Apéstoles, al ensehar y gobernar la Iglesia, -representan inmediatamente 4 Cristo en’ la mision que les di, y mediatamente 4 Dios, pues de él recibe Cristo en la naturaleza humana, como Sacerdote eter- no y mediador de los hombres, su infinita dignidad. Pero tenia Jesucristo decretado concentrar mas es- ta representacion, disponiendo que uno de sus Apés- toles poseyese en si solo el principio visible de la autoridad divina que instituia en su Iglesia, para que él solo representase una personalidad, que nadie pue- de tener sino por una voluntad y delegacion expresa del que le confiere esa dignidad; y tambien tenia de- cretado, que este fuera Pedro y cuantos le sucedie- sen en su peculiar apostolado. Se lo habia prometi- do 4 este solemnemente: le habia dicho en presencia de los demas Apéstoles, que por tanto le habia cam- biado el nombre de Simon en el de Cephas 6 Peilro, porque era élla piedra sobre la cual fundaria su Iglesia: le habia prometido ademas que le entrega- ria su poder para atar y desatar en la tierra, simbo- lizandolo en las llaves que le habia de dar del reino de los cielos: (2) le habia asegurado ademas que la fe que tenia seria indefectible; (3) y al fin, pocos dias (1) Lue., cap. X, v. 16. (2) Mat., cap. XVI, vv. 17, 18. (3) Lue., cap. XXII, v. 32. .
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