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36 biendo el Pentateuco atravesado quince siglos, los salmos de David diez, otros diez escasos las profecias de Isaias y de nueve profetas menores, seiscientos alos las de Jeremias, Ezequiel y Daniel, y quinien- tos las de otros tres profetas menores, y mil los li- bros sapienciales de Salomon. Y era tanta su pureza, que Jesucristo los citaba para apoyar su mision, in- vitando i sus enemigos 4 que los leyesen, pues en ellos verian lo que decian de é1; (1) lo cual nos ense- ta tambien el gran Padre San Agustin, cuando de- cia a los fieles, que si los incrédulos les preguntaban donde estaban esos grandes dogmas de la fe y de las promesas de Dios, les contestasen que sus enemigos los judios podian- ‘mostrirselas en sus libros sagra- dos, pues eran estos una especie de armario, donde se conservaban. Hay. que desengafiarse: siendo la institucion religiosa una sociedad visible, seria la ins- titucion mas raquitica é imperfecta, si no tuviese una autoridad visible, ordenada para conseryar en su pu- reza las verdades reveladas, 4 la cual obedezcan los que la profesan. Una institucion que no tenga estas cualidades, no puede ser obra. perfecta, y por consi- guiente tiene que ser pura invencion ae séres imper- fectos, pero nunca de Dios. Ahora pues: deniers lar con su sangre la Iglesia catélica, afiemé“clataménte que habia en ella una representacion perfecta de la autoridad di- vina; pues dijo 4 sus Apéstoles, que él los enviaba, como su Padre lo habia envi a ay (2) y que, quien los oyese 4 ellos, lo oia 4 él, y aero despreciase (1) Jo., cap. V, v. 39.. (2) Ibidem, cap XX. v. 21.

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