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184 ascendientes, ni un bledo de lo que seran ellos. El hombre que no quiere saber lo que él vale, porque per- tenece 4 una gran familia, en la cual la vida fisica casi no es nada al lado de la vida moral é intelectual, de las tradiciones y doctrinas de sus mayores y de sus glorias, de las cuales él es solidario, y 4 cuyo au- mento debe contribuir siguiendo las mismas tradi- ciones: el hombre que rompe tan bruscamente con ese peso, llamémoslo inmenso, de gloria y de gran- deza inmortal; algo ménos que hombre parece que es, y algo ménos que hombre pretende que se le llame. Pero hay otro crimen én esa revolucion, y es el de ponerse en guerra abierta con Dios, y despre- ciar las sentencias que salen de sus labios, teniendo la osadia temeraria de abocarse con él, y alegarle ra- zones falsas é inicuas, no cesando de blasfemar, aun- que Dios se digne responderles, y aunque con justa indignacion los anatematice. Veremos esta temeridad bien palpablemente delineada en el didlogo que la revolucion tiene desde hace algun tiempo con el Vi- cario de Cristo, y en las respuestas de este; lo que nos presta materia para el siguiente articulo. §. II. Los analematismos. Una gran escena se esta representando, hace tiem- po, en el seno de la sociedad catélica, cuyo exdmen sincero y desapasionado causa pavor al hombre pen- _sador. Es un combate que tienen empefiado algunos hijos de la gran familia cristiana con su padre; y en A i os ei
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