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176 hediondéz de Jos antiguos misterios eleusiacos, con tal que se perpetren entre cuatro paredes; la liber- tad, en poder cada cual creer lo que quiera, y predi- car las malas doctrinas; 1a institucion dela juventud, en abrevar su alma con los errores; la doctrina reli- giosa, en aniquilar al Sér divino en el panteismo, en el deismo, en el naturalismo y en la negacion abso- luta; y el fin del hombre, en la sensualidad, en el li- hertinajey en la soledad de la tumba. Ni como Maes- tro de los creyentes, ni como rey de justicia y de paz para su pueblo podia el romano Pontifice acceder 4 esa reconciliacion con semejante progreso, destruc- tor de la religion y de los principios eternos de la justicia; ni plantearlo en su pueblo. Es una verdad inconcusa, que mientras el angel en el cielo y el hom- bre en la tierra cumplieron con los deberes de jus- ticia, dando 4 Dios el honor que le correspondia, reind en ambos parajes la paz; lo es tambien, que el gran tipo que representé al rey de los siglos, Mel- quisedech, primero se llama, como nota con sabiduria _ celestial el Apdstol, (1) rey de justicia, y despues rey de paz; ni-lo es ménos que, para que pudiese ser anunciado al mundo que se daba paz a los hom- bres, (2) fué preciso. que el Verbo eterno, hecho hom- bre, se humillase infinitamente ante su Padre en nues- tra naturaleza que tomé,. y cumpliese con el deber de justicia 4 que todo el linaje humano habia faltado; y por fin, es indudable que el Profeta constituye el 6s- culo santo, no entre la paz y la justicia, sino entre la justicia y la paz: La justicta y la paz, dice, se besa- * (1) Heb., cap. VIL, v. 2. (2) Lue., cap. I, v. 14.

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