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162 lismo de la época, ni abrir un camino en el progreso. Grosera calumnia es esta, pero muy propia de los que han aprendido de su maestro aquella maxima, de mentir siempre, y calumniar, porque siempre queda algo. Notorio es, c mo afirma el santo Pontitice en‘su En- ciclica wltima, y lo pueden atestiguar cuantos han vi- sitado sus Estados, que la ensefianza de todas las cien- -cias divinasy humanas, y la de todas las artes dtiles_ al comercio de la vida, se hallaban en su apogeo. Sa- be tambien todo el mundo, que los Estados pontifi- | cios eran los que en toda Europa mantenian mas ni- mero de habitantes por milla cuadrada: nadie igno- ra, que el pueblo sometido 4 la jurisdiccion temporal de los Papas no ilamaba 4 estos reyes, sino Padres, porque alli no habia, puede decirse, sino una gabe- la, el amor, el afecto: una sencilla contribucion, cual la ley natural prescribe, con el fin de mantener las cargas del Estado, y procurar el bien piblico, era to-— do el tributo de aquellos pueblos 4 su soberano: alli trabajaba el labrador todo el aio para si y para sus | hijos, sin saber que hubiese en el mundo recaudado- res que fuesen al hogar pacifico 4 exigir4 viva fuer- za, siquiera la milésima parte de su sudor; alli no se arrancaba 4 la madre su hijo, para conducirlo 4 la boca de un obiis enemigo, ni se vestia mas luto que el que pagamos a Ja naturaleza por la muerte de nues- tros objetos amados; alli todo era paz, tranquilidad, felicidad, viviendo los sibditos con su rey, como los hijos de los patriarcas al lado de estos. Pero la civilizacion moderna ha desterrado de la tierra esta vida pacifica, dando en cambio 4 los pue- blos una felicidad, que se quiere hacer consistir en estar todos en movimiento continuo, trabajando sin

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