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~ 155 so de los hombres, que no toma en su mano la vara para castigar sino 4 los que ama, y con el fin de que yuelvan en si, y reconozean sus errores. Dichoso en- tre tanto es el pueblo 4 quien Dios visita con tribu- laciones para amonestarlo, si él sabe aprovecharse de la leccion. Dichoso es, dice el Profeta, aquel d quien hi instruyéres, oh Senor, y le ensendres -tu ley, para que lo libres de los dias malas. (1) CAPITULO VII. - EL DERECHO NUEVO. — Es tan natural al entendimiento humano el tener: reglas inmutables para obrar en conformidad con ellas, y tan innato el buscar en todo la verdad, que aun el hombre perverso, cuando se aparta de la rec+ titud y justicia, se finge 4 si mismo ciertos principios - sugeridos por su propia malicia, los que sigue en su obcecacion como regla de su conducta. Es claro, por tanto, que para consumar el despojo mas criminal que han visto los nacidos, y destruir por la fuerza brutal un derecho revestido de todas las condiciones prescritas por la ley natural y divina, acatado por el derecho publico de las naciones, y venerado por las generaciones de quince siglos, era necesario preparar de antemano los medios de-poderlo hacer sin ofender ostensiblemente la conciencia, que llamaremos publi- ca, y sin chocar con el sentido comun, que es propio de todo el linaje humano. Porque este, inspirado en (1). Ps. XCIII, wy, 42, 43, BI
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