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137 en presencia de un joven, que apénas acababa de sa- lir de la escuela militar? gCabe en los cileulos politi- cos, que un mozo con espada en mano vaya dando ta- jos, y que 4 cada golpe caiga un trono, y diga 4 quien se sentaba en él: (é vele al cauliverio, bi al deslierro, ti d tierras australes, y vengan esos cetros 4 mi ma- no? No:,hay que decir que habia en ese hombre una mision de arriba, mision que él no conocia en todos sus pormenores, pero que se traslucia en sus haza- jas. El daba tajos crueles para el corazon de los hom- bres: pero al descargar cada uno de ellos, le acom- panaba una voz, que decia: y ahora, entendedlo bien, y” recibid esta leecion, oh reyes de la tierra, ( 1) La altisima veneracion que tenemos hacia los reyes, y el especial afecto y singular adhesion, que tuvimos a quien fué -contado entre estas victimas del furor de un ambicio- so cual hubo pocos, y la muy acendrada que profe- samos 4 su descendencia, no nos permite estampar aqui aquellos nombres augustos. Pero si diremos, que al verse envueltos en aquellas desventuras su- premas, bien pudieron decir como los antiguos israe- litas: los padres comieron los aqraces, y la dentera ha si- do para los hijos. (2) Por mas que los hombres, que no quieren ver la mano de Dios en los acontecimientos extraordinarios que palpamos, se esfuercen en atribuir al curso de los tiempos las convulsiones sociales, no es posible hacerse ilusiones. Lo que tocamos con nuestras ma- nos, hace ya un siglo, es casi nuevo en la historia del mundo civilizado con la doctrina de Jesucristo. jQué (1) Psi, v.40, (2) ‘Ezech., cap. XVIII, v. 2.

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