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pero téngase presente, que quien fué victima de ta- manas desventuras, una vez acostumbrado 4 diver- tirse con cetros y coronas, como lo hace un nifo con sus juguetes, llegé 4 creer que el cetro de los Papas era tan hueco como Jos de los otros reyes, y que su corona era tan inconsistente como las de estos. ;Ah! El leon enjaulado en Santa Elena vid muy pronto que eso no era asi. . Hemos tocado un punto historico, por cuyas cir- _ cunstancias no podemos pasar 4 vuclo de ave ligera. El que no vea en la aparicion inesperada de ciertos hombres, una disposicion providencial para ejecutar grandes designios de su misericordia 6 de su justicia, es un extrafoen el conocitniento de la historia del li- nage humano. Esos hombres, extraordinarios 6 por sus virtudes, 6 por sus hazaiias, y hasta por sus crime- nes y tiranias, son llamados expresamente por los pro- fetas y los evangelistas hombres suscitados y enviados por Dios: tal fué José, enviado 4 Egipto para el aumen- to del pueblo de Israel: (1) tal fué Nabucodonosor, en- viado por Dios para castigar 4 los reyes de Edom, de Moab, de Ammon, de Tiro, de Sidon y de la Judea; (2) pues Dios mismo llama a este rey su ministro, su ser- vidor, su enviado: (3) tal fué Ciro, para derribar 4 Ba- bilonia, ahuyentar 4 muchos reyes y humillar 4 los orgullosos de Ja tierra; pues Dios lo llama su ungido, su escogido para esto y para salvar 4 su pueblo; (4) y tales han sido en los tiempos del Evangelio los bar- baros bajados de las selvas germdnicas, para destruir (1) Gén ; cap, RGVs vidi (2) Jer., cap. XXVHL, vy. 3. (3) Ibid., cap. XXV, v. 9: (4) Is., cap. XLV, y. 4, ete.

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