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130 naciones enteras. Los libros santos nos dicen , que el pecado hace miserables a los pueblos, (A) que su perdi- cion les viene de ellos mismos, viéndose precisados 4 comer el negro pan del destierro y beber el agua de la amargura, por sus iniquidades. (2) No parezca 4 nadie demasiado extensa la expli- _ cacion que acabamos de dar sobre las sanciones pena- les; pues eso y mucho mis hay que decir al tratar de un asunto tan trascendental, cual es la soberania tem- poral del romano Pontifice. Porque en realidad, no ‘consta que haya una ley escrita, por la cual se expre- se clara y terminantemente cual es la voluntad de Dios en ese particular, excepto aquellas en que man-— da que no se quite 4 nadie lo que posee con dere- cho legitimo; esta ley es positiva, y ella ha sido siem- pre un baluarte firmisimo para los tronos, asi como lo ha sido para la propiedad. Pero es el caso, que si no conocemos la existencia de ese decreto de Dios que dispone que el Sumo Pontifice sea rey temporal, es- tamos casi en el caso de suponerlo; porque vemos pal- pablemente que existe la sancion penal, la cual supo-— ne la existencia tle esa misma ley; pues ni la recom- pensa ni el castigo existen, sino es para premiar la observancia, 6 castigar la inobservancia de aquella. Cuando en el érden providencial se advierte una sé- rie constante, uniformeé idéntica de hechos seme- jantes, verificados en épocas muy distantes unas de otras, los cuales han recaido del mismo modo sobre individuos que han perpetrado la misma accion ini- cua: cuando se ve, que algun tiempo despues que al- (1) Prov., cap. XIV, v. 34. (2) Ezech., cap. XII, v. 19,
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