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~ ' 103 car avietes 4 los muros de Roma: por qué, cuando el excomulgado Enrique de Alemania asedia la ciudad santa; se levantan principes y pueblos, y lo arro- jan de su consorcio y de su trono: por qué los. Con- cilios generales deponen 4 los Federicos, que se atre- yen contra el Papa: por qué San Envique en Alema- nia, San Estéban en Hungria, la dinastia de Kent en Inglaterra, y con ella San Eduardo, los Alfonsos en Espana y en Portugal, hacen, unos en. todo y otros en parte, que sus reinos sean tributarios-de la Santa Sede Apostolica; y por fin, por qué, cuando: los mo- narcas de Espajia y Portugal iban descubriendo islas y continentes lejanos, 6 abriendo un nuevo camino 4 la China y al Japon, acudieron al Vicario de Cristo, a fin de que declarase los derechos de cada uno, y se lo diera expreso y terminante para poseer legitima- mente los reinos que descubriese, sin faltar 4 la jus- ticia, y aquellos que en guerra justa conquistasen de infieles y paganos. Hubo en esa larga série de siglos reyes disolutos y altaneros, que no respetaron este derecho publico, que los demas reconocian en el rey de Roma; pero tal proceder solo contribuyd 4 que la dignidad Real de los Sumos Pontilices se presentase mas magestuosa, quedando los nombres de los prin- cipes revoltosos execrados para sus contemporaneos, ennegrecidos para los anales, y como padron de in- nobilidad para sus descendientes. Esta es la historia de lo que ha pasado en el mun- do: historia que nuestra conciencia no nos permite ' alterar 6 corromper, y que no podemos fingir. Hay ~, en ella grandes significaciones respecto del origen de Ja dignidad Real del Sumo Pontifice, y del modo cé- mo la tiene unida 4 la sublime personalidad de su
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