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, 100 nian 4 la mano, los defendian de la perseeucion, 6 los fortificaban con su palabra, para que no desfulle- ciesen en ella, Tampoco se les ocultaba que eran deu- dores al gran Pontifice San Silvestre de cuanto habia deeretado Constantino, para dar 4 los que profesa- ban la religion de Cristo los derechos que las leyes barbaras de los perseguidores les habian quitado. Eva conocido todo esto, y muy sabido de los prime- ros, ora por Ja tradicion y por la historia, ora ade- mis porque habia entre ellos algunos ancianos ve- nerables, testigos oculares de los beneficios sin fin, que habian recibido de los sucesores de San Pedro en aquellas calamidades, Y tanto los primeros co- mo los segundos sabiam muy bien que, despues de coneluida aquella dinastia destructora de Roma, los emperadores vivian en Oriente, importindoles bien poco laincolumidad y seguridad de los romanos; pues. si alguna vez venia alla algun general del imperio, era mas para destruir, que para edificar; entre tanto, su amparo tinico era la proteccion del Sumo Pontifice. Kn el érden, que Hamaremos politico, Roma no tenia rey: pero en el providencial, en el social, en el senti- miento del pueblo, lo tenia: este rey era el padre que miraba al pueblo romano como 4 un hijo: el varon in- trépido, que salia al encuentro al enemigo para apla- ear sus iras: el hombre que defendia los derechos de la sociedad, el romano Pontifice. Por consiguiente, los imperceptibles restos de los paganos, y todos los moradores de Roma, sin necesidad de idea precon- cebida ni deliberacion tomada, vieron en el Vicario de Cristo la dignidad Real, y la acataron como dig- nidad bajada de lo alto del cielo. Bien examinados estos hechos, se prestané gran- CAPUCHIy, DB AY J
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