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96 : : y haciendo retemblar la tierra con su caballo y sus huestes, solo le saliéd al encuentro en las margenes del Po el inmortal San Leon Magno, como el defen- sor de Roma, como aquel que tenia 4 su cargo la in- columidad e Italia. Quien no ve en esto una sobera- nia que empieza 4 desenvolverse, no ve en la Historia ni filosofia ni ensefianza. . Acontecimientos espantosos habia en aquella épo- ca: una especie de mpulso mas que humano Ilevaba 4 los barbaros del Norte al corazon del imperio ro- mano, que languidecia en su cabeza y en sus miem- bros: todavia vivia el gran Doctor de la Iglesia San Jerénimo, quien por algunos méses no pudo ménos de estar repitiendo com lagrimas aquellos versos del poeta romano: Urbs: antiqua ruit, multos dominala per annos. Habia decretado el cielo que aquella ciudad, cuyos hijos se habian hecho solidarios de todas las idolatrias del mundo, cuyos emperadores habian pa- sado tres siglos martirizando 4 los confesores de Cris- to, no dejando sin el martirio 4 ningun Pontifice ro- mano, ¢ inundandola con la sangre de seis millones de victimas sagradas, quedase reducida 4 ruinas, las cuales estuviesen hablando para siempre4 los hom- bres y les dijesen: mirad como pasan los imperios, ° que no se fundan enla justicia y la equidad. Aquel Jupiter capitolino, de quien decian los romanos que disparaba rayos, con toda la turba de dioses subal- ternos, que era ya mas numerosa que la que nacia 4 los egipcios en un plantel de cebollinos, habia de ba- jar 4 la nada; aquellos quinientos templos, monu- mentos del impudor, habian de desaparecer; aquel monte palatino, morada librica y sanguinosa de los Césares de Roma, se habia de volver un monton de

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