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RS A A x wae” nae Ae al re peat 5 150 Saito mio, estoy escandalizado de lo innoble que‘es vuestra revolucion: -vengo. de Francia, donde ‘tengo muchos Obispos amigos, y en cuyos palacios he vivido: estoy atdénito al ver con qué decoro, y hasta con qué lujo mantiene el Gobierno francés 4 los Prelados, pues todo eso lo hace el Gobierno, mientras los nuestros viven en palacios viejos, desmantelados, y aun estén sin te- ner que comer. CréameV. que no hay nobleza en la revolucion de Espafia. Y en cuanto 4 esas causas que se forman 4 los Obispos por sus escritos, si son publicos, se reduce en Francia 4 que se declare recogida su Pas- toral, y se le diga que ha cometido abuso de ensefianza. y nada mas, como lo he visto yo en causas formadas por Napoleon 4 amigos mios.—«Puessi, me contesté; vea V. cémo tratan ahora en Paris al Arzobispo y 4 los curas. » —Eso, le dije, es una excepcion, y no se llama jamas 4 comparacion lo que hacen los malvados. Lo que yo sé decirle 4 V. es que, ni aun en medio de la guerra se ha dejado de pagar al clero y 4 las iglesias sus rentas. Los franceses seran revolucionarios, en hora buena; pero siquiera son nobles en sus revoluciones. El inter— locutor no dijo mas hasta que no le hice otra interpe= lacion. _ Quien lea esto, advertira que ni una sola palabra hay sobre voluntarios : yo no puedo menos de’ confesar que en medio de estos didlogos, sin poder eontener mi imaginacion, algunas veces muy viva y que me da~ bastante tormento, estaba, sin poderlo remediar, repa- sando uno que habia estudiado de memoria cuando andaba 4 la escuela: eran dos los hablantes, aunque no habia mas que un hablista: no se parecian aquellos en nada, mas al encontrarse juntos en un riachuelo, dijo el fuerte al débil: «Tui me estas enturbiando el agua que voy 4 beber.—No puede ser, contesté el otro, cuando ti estas junto al manantial y yo en la orilla del ‘
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