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22 de octubre de 1776, ni los que el mismo año asesinan a su corregidor don Jerónimo Zugasti en Chumbivilcas, ni los que dieron muerte y mutilaron al suyo, don José de la Cagiga (año 1777) en Llata de Huamalíes, habían recibido prueba alguna de los rigores de la visita. Tampoco es cul- pa de Areche que los guardas y camineros obligaran a los indios a pagar, por los frutos de sus cosechas y de su artesanía, el derecho de alcabala de que estaban exentos. Si zambos y cholos se malquistaron con el visitador fue porque entendieron falsamente que empadronarlos equiva- lía a equipararlos con los indios. Y las sediciones que a principios de 1780 estallaron en Arequipa, Cuzco y La Paz, transparentaron síntomas de una rebeldía mucho más com- pleja que la simplemente tributaria. En Arequipa se fijó el primer pasquín sedicioso la no- che del 30 al 31 de diciembre de 1779, antes del entable de la aduana y del cobro de ninguna alcabala nueva, En los que sucesivamente se fueron lanzando, no sólo se cla- ma contra las aduanas, sino que se incita a la sublevación en favor de un tal Casimiro Inga, «por ser de razón y de ley que lo que es suyo (la corona incaica) aperciba». Du- rante las noches del 13 al 15 de enero de 1780 a los pasquines sustituyen los tumultos y los asaltos a la real aduana y a la casa misma del corregidor, el sargento mayor don Baltasar de Setmenat. Don Ambrosio Cerdán y Pontero, fiscal de la real audiencia de Lima y juez instructor de aquella revuelta, consigna: «No hay más identificación de amotinados que el de un hombre que a caballo con balandrán blanco y sombrero gacho, vino a todo paso, se paró en la esquina de la aduana y dio un silbo que fue correspondido de un cohete; a lo que se siguió la afluencia de unas 3.000 per- sonas que, disfrazadas y surtidas de armas de fuego, de corte, palos y piedras, con mucho estruendo y tres fusila- zos a las casas del administrador Pablo de la Torre, quebró las puertas de la calle, gritando la turba amotinada: Maten a estos perros ladrones, pues no queremos haya aduana; porque no tenemos de dónde pagar tantos pechos, como nos quieren imponer». Aunque no pudiera concluirse el proceso, por las com- plicaciones de los «tupamaros», Cerdán y Pontero había logrado reunir cuantiosa información en nueve cuadernos que se conservan. Y su conclusión suena a complicidad criolla: «Yo no disto de creer que algunos de los hacen- dados de Víctor, Mages y Tambo fueron acaso los princi- pales influxos para la conmoción por medio de sus quexas públicas y oposiciones manifiestas a los nuevos entables y justos arreglos, siendo de tal clase D. Domingo y D. ión Benavides, ya sindicados, cuyas familias se hallan enlazadas con otras de las más visibles». Se volvió al antiguo entable del 4%,; el corregidor Set- menat ahorcó a seis indios sorprendidos en pleno saqueo y publicó un bando de perdón general. Se presentó con cien hombres de tropa veterana el sargento mayor del Ca- llao, don Antonio González, y volvió a renacer la tranqui- lidad en Arequipa. Es extraño que después de tan dura experiencia escri- biera el visitador Areche al corregidor de La Paz, no sólo que se daba por enterado de los exacrables alborotos con que se había amenazado a aquella ciudad, sino que se le hacía inadmisible la resolución de reducir la real aduana «a su antiguo desquadernamiento en el modo de servirse y que vaxase la quota de la Alcavala... al quatro por cien- to». Y le ordenó que si el virrey o el intendente no lo dispusieron en esa forma, se cobrase el seis por ciento E do

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