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I. LA HUMANIDAD VIVE EN UN VALLE DE LÁGRIMAS La liturgia afirma que todos gemimos y llora– mos en este valle de lágrimas: Cementes et flentes in hac lacrymarum valle. Job nos dice que "el ave nace para volar, y el hombre, para sufrir" (174). El dolor es el compa– ñero inseparable de la vida. De la cuna al sepul– cro sembramos nuestro camino de lágrimas. El Apóstol San Pablo nos dice que "por mucha5 tri– bulaciones nos conviene entrar en el reino de Dios" (175). Tal es la condici6n de los infelices hijos de Eva. Hasta Jesús sufrió y recibió la consolación por me– dio del Angel que el envió el Eterno Padre (176). Todos tenemos que llevar nuestra cruz por vo– luntad o por fuerza. Todos necesitamos el consue– lo. ¿ Quién nos consolará en nuestras muchas y profundas afliciones ? Busquemos los consuelos de la Madre que se (174) Jób., V, 7. (175) Act., XIV, 21. (176) Luc., XII, 43. - 406 -

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