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San Agustín se deja llevar de los placeres car– nales, cae en la herejía, resiste a la gracia; pero, finalmente, Dios triunfa y se convierte en una lum– brera de la Iglesia. Margarita de Cortona ama la vanidad del mundo, le gustan los placeres hasta que, herida como un rayo por la trágica muerte del amante, reconoce la vanidad de las cosas de la vida, lo efímero de los placeres, el horror de la muerte y el temor del infierno, hace penitencia y es considerada como la Magdalena de la Orden Franciscana, a la cual pertenecía como Terciaria. La historia de las almas cristianas está tejida de miserias y misericordias, de alegrías y de lágrimas, de pecados y de arrepentimientos. Jesús conoció nuestra fragilidad o malicia y dejó en su Iglesia el sacramento de la penitencia para lavarnos y purificarnos de las manchas de los pe– cados. En las aguas de este Jordán divino se cura la lepra asquerosa que deja la culpa en el alma. III. NUESTRO REFUGIO SEGURO Dice San Anselmo que Dios se hizo hombre por misericordia, (171). Ninguno como María ha dado su corazón a los miserables (Miseris cor dat). Todo su ser está penetrado por la misericordia. (171) Or. 51, P. L., 158, 952. - 400 -

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