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cendientes de Adán y Eva, también aquéllos. Lue– go el dolor, las enfermedades y la muerte son com– pañeros inseparables de nuestra existencia terrena. También Jesús y María, aunque exentos de pe– cados. personales y original sufríeron y murieron para darnos ejemplo y redimirnos. Si en los pla– nes de la Divina Providencia nos conviene pasar por el tamiz del dqlor, pidamos al divino Reden– tor, por intetcesi6n de la salud de los enfermos, la paciencia necesaria para saberlo soportar con resignaci6n y mérito para la· eternidad. II. MARÍA, SALUD DE LAS ENFERMEDADES INTELECTUALES A los males físicos o corporales se añade tam– bión los de orden intelectual. Es un mal la igno– rancia de tantas cosas que no podemos llegar a sa– ber con nuestra corta inteligencia. Son muy pocas las que conocemos con certeza. Las dudas y las conjeturas nos rodean por todas partes. La Natu– raleza está llena de misterios para nosotros. Si en el orden cósmico ignoramos y dudamos de muchas cosas y no podemos explicar tantos fe– n6menos; menos todavía en el orden sobrenatural, al cual nuestra inteligencia no puede llegar. Sólo -389-

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