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no; alabemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por la obra maestra que salió de sus manos. 2. Un día de gozo para ella misma.-Qué ale– gría y qué j{¡bilo no experimentaría María que desde el primer momento tenía uso de razón, al ver a su madre Santa Ana solícita para presentarla a la Santísima Trinidad como el don más precioso que podía ofrecer al cielo. Al contemplar que esta oferta era acogida con complacencia por las Tres Divinas Personas. ¡ Qué alegría al unirse a los sen– timientos de su madre y de ofrecer todo su ser al servicio del Altísimo Dios! ¡ Qué gozo al verse saludar por Dios!: "T{¡ eres bella, ¡ oh dilecta mía!, y no hay alguna mancha en tí" (161). Esta casta paloma, {¡nica en virtud y sola perfecta (162). Al mismo tiempo los Angeles le dicen: "¿ Quién es esa que sube del desierto toda llena de deli– cias?" (163). Es bella como el astro de la noche, como la aurora que se levanta, como el sol de medio día (164). La niña en el fondo de su cora– z,Ón quizá diría aquellas palabras que más tarde repetirían sus labios: "Mi alma magnífica al Se– ñor y mi espíritu exulta en Dios mi Salvador". (161) Cant., IV, 7. (162) Cant,, VI, 8. (í63) Cant., VIII, 5. (lG4) Cant., VI, 9. - 378- -
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