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j ar con temor y temblor para hacer cierta nuestra salvación (152). Pero si esta ·certeza ab~oluta no se puede dar,. tenemos signos que, con mayor o me– nor probabilidad, nos pueden ofre.cer motivos de esperanza. Uno de estos motivos es .la devoción constante y filial.· ~ la Virgen María, Puerta del cielo. La Iglesia aplica estas palabras de los Prover– bios a la Virgen: "Oidíne, pues, .hijos míos; biena– venturado .el ·que sigue mis .caminos. Atended el consejo y sed sabios, y no lo menospreciéis. Biena– venturado quién me escucha, y vela a mi puerta cada dfa, y es asiduo en el umbral de mis entradas. Porque el que me. halla a mí, halla la vida, y al– canzará el favor de Yavé (153). Sería una aberración pretender que María nos abra las puertas del cielo llevando una vida peca– dora, dejando libertad completa a nuestros senti– dos, pasiones y potencias, para que gocen de los placeres de este mundo contra los preceptos de Dios. Los caminos de la virtud y del cielo son ás– peros y estrechos, y exigen esfuerzos costantes; en cambio, los caminos del vicio y de la perdición son anchos y cuesta abajo, por lo cual no hay más que abandonarse y dejarse llevar. Jesús nos indic6 estas (152) Phil., H, 12. (153) Prov., VIII, 32-25. 1 , , - 367 -
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