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de Dios, que nos crió para la felicidad; en los mé– ritos de Jesucristo, que nos redimió y nos concedió la gracia; en la intercesión de María, que ruega por nosotros como Madre, Abogada y Medianera. Nada sabemos de nuestra predestinación especulativa– mente, pero podemos hacer cierta nuestra salvación por las buenas obras como nos aconseja San Pe– dro: "Hermanos, procurad ahincadamente asegu– rar vuestra vocación y elección; porque esto ha– ciendo no tropezaréis jamás" (131). Prácticamente por las buenas obras se asegura la eterna salva– ción. Ninguno se condena, si no es por su propia culpa. María siempre esperó con confianza y abandono en Dios. Vivió desprendida de los bienes de la tie– rra para cumplir únicamente la misión confiada por la divina Providencia. También nosotros, des– prendidos de las vanidades terrenas, atendamos a k práctica de las virtudes cristianas y preocupémo– nos del cumplimiento de la voluntad de Dios. "Busquemos el reino de Dios, y las demás cosas vendrán por añadidura" (132). Se falta contra la virtud de la esperanza por ex– ceso o por defecto. Por exceso pecan los presuntuo– sos, que esperan salvarse sin méritos, es decir, sin (131) II Petr., I, 10. (132) Matt., VI. 36. - 340 -
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