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4. Nuestra inmolación.-A imitación de Jesús y de María, también nosotros debemos ofrecer nuestro sacrificio. Consagrarnos al servicio de Dios durante el tiempo de nuestra vida terrestre. Morir espiritualmente a nosotros mismos: a nuestros sen•· tidos y potencias a nuestra voluntad y deseos, a las cosas terrenas y caducas, a nuestras pasiones y ape– titos, a todo lo que no es Dios o nos impide el amor de Dios. Sacrificarnos con Cristo para reinar con Cristo. Cuando nos visiten el dolor, la adver– sidad, la contradici6n, el sacrificio, cualquier géne– ro de penas, pronunciemos con generosidad nues– tro fiat. Señor, en toda tribulación no se haga mi voluntad, sino la vuestra. 5. Ana Profetisa.-No fué sólo Simeón el favo– recido de Dios para gozar de la presencia de Je– sús; se le concedió también a la anciana Ana Pro– fetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, vieja ya de ochenta años que, inspirada por el Espíritu Santo, llegó en aquel momento al templo. Ella alababa a Dios y hablaba de El a todos los que es– peraban la redención de Israel. Esta devota mujer no se separaba eel templo, ayunaba y oraba día y noche. Podemos suponer el gozo y la alegría que sentiría contemplando al Mesías con sus propios OJOS, Elevaría también su cántico de fe, de amor, "-- 310 ....._

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