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edad, en todo lo que se refiere a la piedad y edifi– cación; en favorecerlos y ayudarlos, cuando se sienten con vocación al estado religioso o sacerdo– tal. A los jóvenes de ambos sexos para consagrar a Dios las primicias de su vida y no esperar hasta una edad tardía, cuando ya se han manchado con la culpa y las inmundicias del mundo pervertido. Una bella lección a todos los cristianos, para no dejar su conversión para más tarde. Muchos cono– cen que no sirven a Dios como deben; que no es– tán preparados para la muerte; que no están dis– puestos para presentarse ante el tribunal de Dios; pero no se resuelven a cambiar de vida, lo van dejando para más tarde. Pero la muerte no dice más tarde. Llegada la hora, no se puede detener un momento. ¡ Cuántas ilusiones disipadas! j Cuántas esperan– zas fallidas! j Cuántos castillos en el aire destruí~ dos! j Cuántas sorpresas desagradables en la vida! ¡ Cuántas flores segadas en flor! No, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. No difieras de día en día (96). Di con el Profeta: Nunc coepi (97). No digas lo que San Agustín: "No ahora, Señor, no ahora, más tarde." Después se vió obligado a exclamar: Sera te amavi. Tarde, Señor, te amé ... (96) Eccli., V, 8. (97) Psi, LXXVI, 11.
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