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ñor, en su heredad. Como cedro del Líbanu crecí, como ciprés de los montes del Hermón. Crecí cu mo palma de Engadi, como rosal de Jericó. Como hermoso olivo en la llanura, como plátano junto a las aguas. Como la canela y el bálsamo aromá– tico exhalé mi aroma y como mirra escogida de suave olor. Como gálbano, estacte y alabastrino vaso de perfume, como nube de incienso, en el ta– bernáculo. Como el terebinto extendí mis ramas, ramas magníficas y graciosas. Como vid eché her- mosos sarmientos, y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. Yo soy la madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Venid a mí cuantos me deseáis, y saciaos de mis frutos. Porque recordarme es más dulce que la mid, y poseerme más rico que el panal de miel. Los que me coman quedarán con hambre de mí, y los que me beban quedarán sedientos. El que me escucha jamás será confundido, y los que me sirven no pecarán" (78). Todos estos elogios que el Eclesiástico hace de la sabiduría se suelen aplicar a la Virgen Santísi– ma en la liturgia sagrada. En verdad, que los elo– gios magníficos y el simbolismo rico y gracioso conviene a María, Madre de la Sabiduría Infinita, r . J , . '--'nsto esus. (:-R) Eccli., XXIV, 1-.30.

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