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rior, pero sus corazones estaban corrompidos por la envidia y por las pasiones. Es necesario que sea 5incera, llena de veracidad interior y exterior. De– bemos obrar con simplicidad delante de Dios. Bus– car su reino y su justicia, su gloria y su voluntad. Examinemos un poco las hipocresías del mun– do. ¿ Somos sinceros delante de Dios y de los hom– bres? ¿ Obramos siempre con recta intención, hm– cando su gloria? ¡ Cuántas veces buscamos y pro– curamos hipócritamente la nuestra! El egoísmo es como un tósigo que envenena nuestro obrar. ¡ Cuán– tos engaños, cuántas intenciones torcidas! Nuestra justicia debe ser íntegra, total y sin re– servas. No siempre damos a Dios y al prójimo cuanto debemos. El respeto humano tal vez nos impide dar el culto debido a Dios como se debe y estamos obligados. Quizá externamente tratamos con cortesía y urbanidad a nuestro prójimo, pero no le amamos de verdad y con sincero corazón. Debe ser nuestra justicia generosa sin rigorismos exagerados, sin tacañería. Dar con largueza al pró– iimo y sacrificarse con generosidad por amor de Dios. ¿ Qué sería de nosotros si Dios fuera tan mez– quino como nosotros lo somos con nuestro próji– mo? Dar con generosidad y con alegría a Dios y a los hombres. Dios ama al que da con alegría. Observar la justicia siempre, La virtud no ~¡¡ """"'- :!46-'
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