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tes, murmuraciones, críticas, exageraciones, calum- nias, difamaciones!. . . · ¡ Pequeños o grandes hurtos, fraudes en la ad– ministración, infidelidades en los trabajos y en los salarios, alteraciones en las materias, exageraciones en los precios y en los valores reales, ganancias in– justificadas, hipocresías y cooperación al mal! ¡Faltas en los deberes sociales y familiares; negli– gencia en impedir los males; ignorancia de la pro– pia profesión; omisiones culpables en el promover los bienes y en impedir los males! ¡ Cuántas venganzas y traiciones! ¡ Cuántos .atro– pellos para conseguir los puestos elevados! ¡Cuán– tas injusticias para aumentar las riquezas! Después de una mirada a todas las injusticias del mundo es necesario volver nuestra consideración a Dios, que es el único que dará a cada uno según sus obras. Dios no tiene aceptación de personas y a cada uno le dará lo que merece. Sólo el día del juicio final veremos cómo Dios ha obrado con per– fecta justicia. III. CÓM;ó DEBE SER NUESTRA JUSTICIA Nuestra justicia no debe ser· como la de los escri– bas y f::i,riseos hip6critas. Aparentaban y no eran. Su justicia sn\ urt forhlttlismó 0 ritualismo i&t@• -~d.~..

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