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que nos guíe, pero es limitada, débil, superficial, incierta, oscurecida por el egoísmo, las pasiones, el amor propio y las depravadas tendencias; por esto necesitamos de esa luz del Espíritu Santo para no engañarnos y errar en nuestro modo de proce– der. Los consejos divinos curan la debilidad de nuestra razón. Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo. Para caminar con seguridad es necesario ver. Cuando la razón no basta, pida– mos la luz del Espíritu Santo que se nos comuni– cará por el don de consejo... Para practicar el don de consejo se requiere la reflexión; no obrar con precipitación, por las pri– meras impresiones, movidos por la ira, la vengan– za, el odio, la antipatía o la simpatía. Alza tu vista, piensa en los motivos sobrenaturales, llama el Es– píritu Santo y acertarás. Es necesario evitar la lentitud excesiva, aprove– charse de las ocasiones oportunas sin presunción y sin temeridad, pero con decisión y energía. La prudencia de la carne es incompatible con el don de consejo. Consultemos al Evangelio, a la expe– riencia, a la Historia; pidamos consejo a los com– petentes y experimentados; pero, sobre todo, pida– mos al Espíritu Santo, por medio de la Madre del Buen Consejo, la luz para obrar, el acierto en la decisión, la energía para ejecutar, la prontitud para - 158 -
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