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la luz que ilumina a todo hombre que viene a este · mundo. Ella, recibiendo en sí al Consejero Infi– nito, no puede menos de poseer el don del consejo en sumo grado. De tal forma que no existió jamás alguno, después de Jesús, en quien resplandeciese más el don de consejo que en María. A ninguno mejor que a María se le pueden aplicar las pala– bras de los Proverbios: "Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la rectitud y toda vía ven– turosa; pues la sabiduría penetrará en tu corazón y la ciencia deleitará tu alma. La prudencia velará sore ti, la comprensión te amparará" (36). Este don de consejo la acompañó siempre. En su presentación al templo, cuando por inspiración divina conoció ser grato a Dos que se consagrase a El, desde la niñez, con el voto de virginidad. En la Anunciación, cuando a las palabras del Angel pregunta al celestial nuncio cuáles eran las divinas disposiciones acerca del misterio. Conociéndolas se ofrece totalmente como humilde esclava para que Dios obre en Ella según su palabra. Prudente y con sabio consejo se condujo con José, su Esposo, en la huída a Egipto, en la convivencia de Nazaret; en la vida pública de Jesús, al pie de la Cruz, en el Cenáculo, durante toda su vida terrestre. (36) Prov., II, 9-11. - 154 -

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