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22I su observancia reparando todos los. desórdenes que pueden relajarla. En verdad que ésta es en un Reli– gioso una señalada virtud, con la cual se honra Dios, se edifica al prójimo, y se asegura la propia salvación; per9 aconteciendo, que la virtud se torna viciosa, por defecto, o por exceso, cuando no va acompañada de la discreción; también el celo se expone fácilmente a este peligro, de tal suerte, que en la práctica frecuente– mente es desahogo de una mal dominada pasión o ejer– cicio de virtud. Así como no es oro todo lo que re• luce, así no es virtud todo aquello que semeja celo. El oro se prueba en la piedra de toque, y la prueba del celo es singularmente la discreción. ¿Y dónde está la discreción de algunos, a quienes cualquier mínimo de• fecto del prójimo parece enorme delito, y no saben hacer otra cosa que asombrarse de las faltas más míni– mas, a fin de dar a entender con ostentación su celo? Y no es tan condenable en éstos su ceguedad, de la cual proviene, que, siendo todo ojos para investigar los defectos de los otros, no tienen luz para reconocer los propios, cuanto aquella su soberbia indiscreción causada, como es así, por ei demonio, porque sólo sirve para resfriar la caridad y el amor de los Religiosos entre sf. ¿Cuántas veces en los sagrados claustros es• tará una familia toda revuelta por un celo indiscreto, que muestra a las veces escandalizarse por cosillas y naderías que ni aun llegan a imperfecciones, sino por– que las ve quien quiere echarlo eso a la peor parte? Mucho importa, pues, que nos guardemos de este celo indiscreto, porque puede ocasionar gran daño, con hacernos perder la paz, y además inquieta y turba la

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