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co, •doy manotadas a diestro y siniestro, encojo los pies, escondo las manos ... ¡todo inútil! Desesperado, me levanto, abl'o ·el· foco y... no uno, dos millones de zancudos hambrientos se habían introdu– Cido por un pequefio hueco del mosquitero que yo no había visto. Me marcho de allí, voy para la habitación... El calor y los mosquitos me acosaban· sin tregua. No tuve otro remedio que salir y pasar la noche en guardia, cómo un centinela, paseando por las afueras de la casa. ¡Con cuánto gozo saludé la venida del día, aunque fuera para freírme! 6.~TRES•·•· INDIOS FLAGIDOS . Y •.MUGRIENTOS. Diligentemente preparadas todas las cosas, reanuda– mos la marcha caños adentro con el fin de visitar algu~ nas rancherías .indígenas y ejercer .los sagrados minis– terios. Se asoció ·a nosotros el mencionado padre Santos como cono.cedor de los indios y de su idioma. Seguimos el curso de Arguairnujo, internándonos lue– go por el Yaguaraimabo, largo, estrecho, tortuoso, in– terminable ... ¡Ni un alma!.. De cuando en .cuando sa– cudía nuestro sopor algún guacamayo de .vistoso pluma– je y canto .discorda.nte. L.os monos araguatos, .. subidos a l.as copas de los .. árbole.s .como vigías df la sol~dad,. lan– zaban alaridos estridentes y hacían piruetas de impeca– ble estilo acrobático. De trecho en trecho, sobre las sa– lientes ramas, una guacharaca o un martín pescador mi– raban de reojo las turbias aguas, dispuestos a lanzarse como una flecha sobre los incautos peceCillos. · A veces, sobre la verde hierba de la orilla;· alguna garza, blanca como la nieve, erecta sobre sus patas largas y amarillas, permanecía inmóvil hasta que nosotros nos aproximába– mos; entonces, se levantaba dando grandes aletazos, e 59

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