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acosando a la ftera a dentelladas, al ataque y a la defen– siva. La pelea duró bréves minutos. El tigre optó por huir y los perros. le siguieron largo trecho, regresando al cuarto de hora ensangrentados, desoilados, pero conten– tos y satisfechos porque me habían salvado. ¡Cómo se encaramaban sobre mi hamaca y me hacían caricias pi– diéndome parabienes! Terminaron mis congojas. Empecé a vivir. ¿No fue una providencia especial de Dios el que los perros me acompañaran contra toda mi oposición? Los indios se levantaron e hicieron hoguera por si aca– so volvía. Ya no pegamos el ojo en toda la noche. Uno de los perros murió a los pocos días a consecuencia de las heridas. 3.-EL INTERNADO INDIGENA. El quinto día dormí junto al raudal de Arautamerú, en la choza de unos indios. El sexto, en el caserío nom– brado de Apiyaikupué, y el séptimo llegué temprano a Santa. Elena. Cuando oteé el lugar desde la cima del ce– rro Akurimá, tuve lástima de no ser pintor: ur¡. delicio– so rincón, una tacita de plata con chozas en el fondo, y en medio de ellas, sobre la loma de Manakrí, tutelando a los indígenas, la casa misional, que, aunque no era de piedra ni ladrillo, ni tenía arabescos ni arcadas, pero era un palacio comparado con las otras viviendas. Púseme a trabajar en ella bajo las órdenes del reve– rendo padre Nicolás de Cármenes, veterano misionero, residente allí desde el día de la fundación: 1931. Estaba el centro misional bastante más adelantado que el de Luepa, por aquello de que era más antiguo, te- 145

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