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Gracias que éste encontró un troncón en el fondo, guiado por el cual salió a la orilla; si no, el indio hubiese seguido sentado esperando hasta estas fechas. ¡Para sacar a uno de apuros no hay como el indio! Lo volvere– mos a ver. Un poco más abajo, siguiendo el curso del rio, habla una gran cascada que quise contemplar, aunque para ello tuviera que salirme algo del itinerario. Es la cascada de Chínek, con ciento cinco metros de caída perpendicular. Aquel chorro de unos treinta metros de ancho, surti– do por las aguas que bajan de la sierra de Lema, preci– pítase, envuelto en una gasa de blanca espuma, por el enorme peñasco de granito cortado a escuadra en un profundo desfiladero para continuar su curso hacia el Caroní. El monótono ruido, que a distancia apenas se percibe por ahogario las montañas que, arrancando de la piedra, llevan la dirección de su curso, allí es ensor– decedor. Del fondo asciende constantemente una densa nube de vapor que, al ser herida por los rayos solares, produce cambiantes de admirabl!l efecto, llegando a di– bujarse en ella tres arco-iris superpuestos con toda la gama de sus colores. El cuadro es arrobador y deja hon– das emociones en el espíritu. 2.-jEL '!'XGRE! jEL TIGRE_! Vuelvo a coger mi ruta hacia Santa Elena; mas obser– vo con estupor que la compañía había aumentado. Los perros de Luepa habían olfateado mis huellas tan pron– to como les dieron libertad, y allí los tenía detrás de mi, humildes y con el rabo entre piernas, suplicándome les admitiera en la comitiva. Traté de espantarlos con ame- 143
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